Productividad en México: la brecha entre talento y competitividad

Por: Sergio Tadeo Leyva Fimbres
Durante años, la economía mexicana ha navegado una paradoja frustrante: trabajamos muchas horas, pero producimos poco valor agregado por cada una de ellas. La persistente baja productividad laboral se ha consolidado como uno de los desafíos estructurales más complejos para nuestro desarrollo. A menudo, cuando abordamos este tema, la conversación tiende a gravitar hacia factores macroeconómicos tangibles, como la falta de infraestructura, la escasa inversión en maquinaria o los altos índices de informalidad. Sin embargo, un análisis más crítico sugiere que estamos pasando por alto el motor real de cualquier economía: el talento humano.
A pesar de que México ha logrado incrementar de manera sostenida la cobertura en educación superior y el número de egresados universitarios, los niveles de productividad siguen rezagados en comparación con economías de condiciones similares. Esto nos obliga a mirar más allá de los números y cuestionar la calidad y, sobre todo, la pertinencia del capital humano que estamos inyectando al sector productivo. No se trata solo de cuántos ingenieros o licenciados graduamos, sino de qué son capaces de hacer en un entorno global volátil.
En las últimas décadas, la matrícula universitaria se ha expandido significativamente. No obstante, este crecimiento cuantitativo no se ha traducido automáticamente en una mejora cualitativa alineada con las demandas del siglo XXI. El informe Future of Jobs 2025 del Foro Económico Mundial lanza una advertencia contundente: cerca del 39% de las competencias laborales actuales sufrirán transformaciones radicales antes de 2030. Este cambio es impulsado por una “tormenta perfecta” de factores: la automatización, la inteligencia artificial (IA), la transición energética y una digitalización acelerada.
Este nuevo contexto redefine por completo el perfil del profesional exitoso. Hoy, el centro de gravedad se ha desplazado hacia habilidades que antes considerábamos secundarias: el pensamiento analítico, la creatividad, la resiliencia, la inteligencia emocional y, crucialmente, la capacidad de aprendizaje continuo. Paradójicamente, éstas son las que los empleadores reportan como las grandes ausentes en los recién egresados.
El déficit que enfrentamos no es necesariamente técnico. Muchos de nuestros jóvenes dominan herramientas específicas, software y procesos operativos con destreza. Sin embargo, cuando se enfrentan a la necesidad de formular problemas estratégicos, tomar decisiones bajo incertidumbre o colaborar en equipos multidisciplinarios, surgen las brechas. En entornos industriales complejos, estas carencias cognitivas se acumulan, generando ineficiencias que frenan la productividad organizacional.
La irrupción de la IA intensifica esta tensión, pero también aclara el camino. Contrario a los temores apocalípticos, no eliminará el trabajo humano masivamente, pero sí transformará la naturaleza de las tareas. La ventaja competitiva ya no radica en saber usar una herramienta digital, sino en la capacidad humana de utilizarla con juicio crítico, visión ética y perspectiva interdisciplinaria. La productividad en la era digital depende menos de la automatización aislada y más del “capital cognitivo”: la habilidad de interpretar datos, hacer las preguntas correctas y conectar puntos que una máquina no puede ver.
Lamentablemente, existe una desconexión temporal preocupante. Mientras el cambio tecnológico viaja en ascensor, la actualización curricular en las universidades suele subir por las escaleras. Aunque muchas empresas planean invertir fuertemente en la recualificación de su personal antes de 2030, los planes de estudio universitarios mantienen estructuras rígidas. Si no agilizamos los mecanismos de revisión académica, este desfase se convertirá en un ancla estructural para nuestra competitividad.
Aquí es donde entra en juego la política pública. El “Plan México”, presentado en 2025, busca fortalecer la integración en las cadenas globales de valor y formar a 150,000 técnicos y profesionistas adicionales cada año. Sobre el papel, la estrategia es correcta: reconoce que el talento es el pilar del desarrollo. Sin embargo, una lectura crítica del plan revela un énfasis desproporcionado en la expansión numérica.
El riesgo es evidente: si nos centramos solo en cumplir cuotas de graduados sin redefinir las competencias humanas necesarias para una economía de innovación, solo estaremos escalando el problema actual. Además, existe una contradicción presupuestaria que no podemos ignorar. Las metas ambiciosas de formación de capital humano de alto nivel requieren inversiones sostenidas, pero el gasto público en ciencia, tecnología y educación no ha reflejado un incremento proporcional a estas aspiraciones. No se puede transformar el modelo educativo con discursos; se requiere infraestructura, capacitación docente y recursos para investigación.
En conclusión, entender la baja productividad en México exclusivamente como un fenómeno económico es un error de diagnóstico. Es, en el fondo, el resultado de una brecha formativa entre lo que el mundo demanda y lo que nuestro sistema educativo prioriza. Cerrar esta brecha implica dejar de ver a la universidad como una simple fábrica de títulos para concebirla como un laboratorio de pensamiento crítico y ético. Tal vez la pregunta no sea solo si México puede incrementar su productividad o si su economía puede crecer globalmente. Quizá la pregunta más interesante (y más difícil) sea: ¿estamos formando mentes capaces de sostener ese crecimiento con juicio, adaptabilidad y sentido humano?
El autor es docente adscrito al departamento Metal Mecánica del TecNM Campus Hermosillo (ITH) y miembro activo de la Red Hermosillo ¿Cómo Vamos? Correo electrónico: sergio.leyvaf@hermosillo.tecnm.mx
Hermosillo ¿Cómo Vamos? es una organización democrática e incluyente, la opinión del autor(a) en esta colaboración no representa necesariamente la postura, ideología, pensamiento o valores de la organización desde donde promovemos el derecho a la libre expresión, la construcción de opiniones y la formación de pensamiento crítico. Estamos abiertos al diálogo, la deliberación y la construcción de propuestas para la atención a los desafíos locales con el propósito de que Hermosillo sea un mejor lugar para vivir.

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