La planta FORD y la tormenta perfecta en los ochenta

Por: Carlos Mauricio Velázquez Camargo

No todos los libros de historia económica se leen con claridad. Y no todos ayudan a entender por qué un estado es como es hoy. Sorteando el temporal: Espacio de experiencia y horizonte de expectativa en la política económica de Samuel Ocaña (1979–1985), de César Humberto Acuña Espinosa, logra ambas cosas. Acuña, profesor de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey, explica con orden y sin dogmas uno de los momentos más decisivos para Sonora: la llegada de la planta de Ford Motor Company a Hermosillo en los años ochenta.

Este artículo parte de una entrevista con César Acuña, realizada a propósito de su libro, en la que reflexiona sobre el contexto económico, político y social que hizo posible la apertura de la planta Ford en Hermosillo. La conversación gira alrededor de una pregunta sencilla, pero profunda: ¿qué tuvo que pasar para que, en medio de una crisis económica brutal, Sonora lograra atraer una de las inversiones industriales más importantes del país? La respuesta no está en una sola persona ni en una decisión aislada, está en una combinación poco común de contexto adverso, infraestructura previa y agilidad para tomar decisiones.

Para entender ese proceso hay que mirar el entorno de la época. Antes de 1982, Sonora formaba parte de un modelo económico nacional centrado en el desarrollo del mercado interno. El Estado dirigía la inversión productiva y programas como el Sistema Alimentario Mexicano buscaban garantizar la soberanía alimentaria. Como explica Acuña, “el proyecto federal para el desarrollo del país era el nacionalismo revolucionario”, y la economía sonorense —agropecuaria, pesquera y minera— estaba alineada a esos objetivos federales.

Pero el mundo cambió rápido. En los años setenta, la crisis del petróleo, el avance de la industria japonesa y el agotamiento del modelo industrial estadounidense obligaron a una reconfiguración global. La industria automotriz de Estados Unidos, símbolo de poder económico, comenzó a buscar nuevos lugares para producir de manera más barata y eficiente. Al mismo tiempo, México entró en la crisis de 1982: deuda externa insostenible, caída del precio del petróleo y un giro abrupto en la política económica.

Ese fue el escenario que enfrentó Sonora durante el sexenio de Samuel Ocaña. Los primeros años de su gobierno coincidieron con la bonanza petrolera del país. Hubo inversión en naves industriales, parques, infraestructura energética y sistemas de riego. El problema llegó después. Como resume Acuña, “había una urgencia inmediata —terrible— de hacer que lo que se había invertido no se fuera a la basura”. El modelo económico había cambiado, pero la infraestructura ya estaba ahí.

En ese contexto aparece la posibilidad de atraer a Ford. No fue un proceso improvisado. Existían actores empresariales que entendían cómo operar con corporativos estadounidenses, esquemas jurídicos como el modelo shelter que facilitaban la instalación de empresas extranjeras y, sobre todo, una administración estatal dispuesta a moverse rápido. “No era un contexto para el dogma, era un contexto de urgencia”, señala Acuña. La prioridad era resolver.

Uno de los elementos más contundentes del proceso fue el financiamiento. El crédito otorgado a Ford por Nacional Financiera —20 mil millones de pesos de 1980— fue, en palabras de Acuña, “una sola cifra, pero una cifra contundente”. No se trató de apoyar al mercado interno ni de fortalecer empresas locales, sino de alinear la economía estatal a las nuevas cadenas internacionales de valor y atraer divisas en un país desesperado por dólares.

La decisión tuvo consecuencias profundas. La planta de Ford no solo significó empleo; marcó un cambio de vocación económica para Sonora. Llegaron proveedores, se desarrollaron capacidades técnicas, se justificaron inversiones estratégicas y se creó un ecosistema industrial que ya no dependía únicamente del sector primario. Como explica Acuña, “una región que buscaba industrializarse pasó, de pronto, a tener un bucle industrial complejo”.

Lo relevante es que ese resultado no fue producto de una planeación perfecta. Fue, más bien, la capacidad de leer el momento histórico y actuar con lo que se tenía a la mano. Acuña lo dice con claridad cuando explica que “la política económica dejó de ser declarativa y se volvió operativa”. Primero se tomaron decisiones; después vendrían las interpretaciones.

Ahí es donde el libro y la entrevista se vuelven especialmente valiosos para el presente. Hoy el mundo atraviesa otra reconfiguración global: tensiones geopolíticas, cambios en las cadenas de suministro, relocalización de industrias. Para Acuña, insistir en viejas dicotomías ya no ayuda. “Ya no es tan útil pensarlo en términos de izquierda o derecha; el mundo está interconectado”, afirma. El contexto actual se parece más a los ochenta de lo que solemos admitir.

Las lecciones son claras. Para el sector empresarial, la historia de Ford en Hermosillo muestra que “donde parece haber riesgo, también hay tierra fértil para la innovación”. Entrar a cadenas de valor globales implica pensar en grande y entender que los productos y servicios pueden escalar más allá del mercado local.

Para los servidores públicos, la enseñanza es aún más directa. Acuña lo resume así: “La principal virtud que habría que imitar es la resiliencia, la creatividad y la innovación para responder a escenarios adversos”. No se trata de improvisar, sino de actuar con rapidez, aprovechar lo existente y poner el interés colectivo por delante.

La llegada de la planta Ford en los ochenta no fue un accidente ni un milagro. Fue el resultado de una tormenta perfecta y de decisiones tomadas a tiempo. En momentos de crisis, la historia de Sonora recuerda algo fundamental: las tormentas no se evitan, se enfrentan. Y cuando se enfrentan bien, pueden cambiar el rumbo de un estado entero.

El autor es Consultor en desarrollo de negocios. Profesor del Tecnológico de Monterrey Campus Sonora. Integrante de la Red Hermosillo ¿Cómo Vamos?

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