Nos enseñaron mal

Por: Diana Patricia Gutiérrez Fuentes
Durante generaciones creímos que el drenaje era el final del camino. No lo es. Nos enseñaron mal. No con mala intención, no con descuido. Simplemente nadie sabía que había algo más que aprender. El drenaje era el final del camino: abres la llave, usas el agua, la tiras, desaparece. Así funcionaba en la casa de nuestros padres. Así funcionaba en la de nuestros abuelos. Y así, sin cuestionarlo nunca, aprendimos nosotros.
Durante generaciones, el drenaje fue una promesa: lo que entra no vuelve. Lo que tiras se va. Lo sucio desaparece. Era una promesa cómoda, y durante mucho tiempo nadie tuvo razones para dudar de ella. El agua corría, el desagüe la tragaba, y el mundo seguía girando.
Pero la promesa era falsa. O más bien: incompleta. Lo que tiramos no desaparece. Viaja. Viaja por kilómetros de tubería hasta llegar a una planta de tratamiento —si es que llega— donde un ejército invisible de microorganismos intenta limpiar lo que nosotros ensuciamos. Y digo intenta porque no siempre puede. Porque nadie les avisó que llegaría aceite de cocina solidificado, toallitas húmedas, medicamentos caducados, o solventes del taller de la esquina, o el frasco de cloro que ya no necesitábamos. Nadie les avisó porque nosotros tampoco lo sabíamos.
Ahí está el núcleo del problema: no somos maliciosos. Somos ignorantes de una cadena que nunca nos mostraron. Se nos enseñó el primer eslabón —abre la llave, usa el agua— pero jamás el resto. Nunca vimos adónde va. Nunca conocimos a los microorganismos que trabajan por nosotros. Nunca supimos que el drenaje no es un agujero negro sino la entrada de un sistema vivo que puede saturarse, enfermarse y colapsar.
Y mientras no lo vemos, no lo cuidamos. Así funciona la atención humana: cuidamos lo que sentimos cercano, lo que tiene nombre, lo que podemos imaginar. Mi hijo. Mi perro. Mi coche. Mi cuerpo. Pero el drenaje no tiene cara. La planta de tratamiento no tiene nombre en nuestra mente. El río que recibe el agua mal tratada está lejos, es abstracto, es de todos y por eso no es de nadie.
El problema de lo que es de todos es que nadie se siente responsable. Y sin responsabilidad, no hay cuidado. Pero algo está cambiando. Lentamente, en conversaciones como esta, en aulas, en comunidades que empiezan a hacer preguntas incómodas, se está abriendo una grieta en esa ignorancia heredada. La gente empieza a preguntar: ¿adónde va el agua que uso? ¿Qué puedo y qué no puedo tirar por el drenaje? ¿Hay alguna diferencia entre vaciar aceite por el fregadero y vaciarlo en la calle? —sí, la hay, aunque no la veamos—. ¿Qué le pasa a una planta de tratamiento cuando le llegan sustancias que no puede procesar?
Estas preguntas son el principio de una cultura hídrica real. No la del cartel con la llave cerrada. No la del regañito de cinco minutos de regadera. Una cultura más profunda, más honesta, que empieza por reconocer que nos faltó información y que aún estamos a tiempo de adquirirla.
Porque la consciencia no requiere ser experto. Requiere saber tres cosas concretas: que el drenaje no es un punto final sino la entrada de un sistema vivo; que hay sustancias que ese sistema no puede procesar —aceites, medicamentos, solventes, químicos agresivos, toallitas húmedas—; y que existen alternativas reales para deshacerse de ellas sin dañar nada y opciones de disposición para residuos peligrosos domésticos.
Nos enseñaron que todo iba al drenaje. No es su culpa. Tampoco es la nuestra. Pero ahora que lo sabemos, la responsabilidad sí es nuestra. El conocimiento cambia las reglas del juego: lo que antes era ignorancia se convierte, a partir de hoy, en una elección. Elige bien.
La autora es ingeniero industrial especializado en temas hídricos, con pasión por el tratamiento de aguas residuales y las soluciones sostenibles, comprometida con una gestión responsable en beneficio de la sociedad y el medio ambiente. Integrante de la Mesa de Agua de HCV.
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