Nadie sobrevive solo en el desierto

Por: Antonio Cáñez Cota

Entre los pueblos nómadas de Arabia, mucho antes del petróleo y las ciudades, había una regla que nadie cuestionaba: el agua se comparte. Los viajeros podían ser rivales en el comercio o la religión, pero en el desierto estaban unidos por una verdad simple: negar el agua era condenar al otro a la muerte. De esa costumbre nació un relato que los ancianos beduinos contaban en las noches frías, junto a las hogueras.

El cuento decía así: dos caravanas llegaron al mismo pozo después de muchos días de travesía. Una, numerosa y rica, traía camellos cargados de especias; la otra, pequeña y agotada, apenas llevaba unas cabras. El pozo era estrecho, y su agua, escasa. Los líderes de ambas caravanas discutieron. El jeque del grupo poderoso ordenó acampar junto al pozo y sacar agua solo para los suyos. “Nosotros llegamos primero —dijo—, y el agua es nuestra.”

El jefe de la caravana pequeña, que conocía las leyes del desierto, se negó a marcharse. Llamó a testigos y recordó la norma más antigua de los viajeros: “El pozo pertenece a quien lo necesita, no a quien lo encuentra.” Ante la tensión creciente, un anciano del oasis intervino. Dispuso que las caravanas bebieran por turnos y que los camellos bebieran por la noche, cuando el agua se recuperara.

Esa noche, una tormenta de arena cubrió el campamento. Los camellos se dispersaron, los toldos se rompieron, y la arena cegó el pozo. Solo los que habían cooperado sobrevivieron: se refugiaron juntos, compartieron agua y esperaron el amanecer. El resto se perdió entre las dunas. Desde entonces, los beduinos repiten el mismo proverbio: “En el desierto, el agua no tiene dueño; solo custodios.”

Ese viejo relato resume una ética que no ha perdido vigencia. En los desiertos, la escasez obliga a reconocer la interdependencia. Nadie se salva solo. La vida depende de la cooperación y del límite. Pero en nuestros tiempos, esa sabiduría se ha invertido: tratamos el agua como si fuera un bien individual, una mercancía que puede acapararse sin consecuencias.

El desierto sonorense repite los dilemas de aquella caravana. En lugar de pozos, tenemos acuíferos sobreexplotados; en vez de camellos, motores de bombeo; y en vez de jeques, actores con poder económico capaces de extraer mucho más de lo que el ciclo natural puede reponer. La disputa ya no se libra con lanzas, sino con concesiones, tuberías y litigios. Pero el principio es el mismo: quien se apropia del agua debilita al conjunto.

En los desiertos antiguos, las comunidades sobrevivían gracias a una ética compartida: todos tenían derecho a beber, pero también la obligación de no agotar. Los pozos eran puntos de encuentro y responsabilidad colectiva. No había propiedad sobre el agua, sino custodia compartida. Ese principio, adaptado a la escala moderna, es la base de cualquier política hídrica sostenible.

Sin embargo, la lógica contemporánea tiende a lo contrario. El agua se privatiza a través de la concentración de permisos, el uso intensivo del agua con bajo retorno social y la contaminación ambiental. Es una versión actual del mismo error del jeque de la caravana: creer que llegar primero otorga derecho exclusivo a sobrevivir.  

La historia del pozo compartido no es una fábula romántica ni ingenua; es sabiduría milenaria. Es una lección histórica sobre cómo los pueblos aprendieron a gobernar la escasez. Los beduinos no sobrevivieron por riqueza ni tecnología, sino por acuerdos. En un entorno donde cada gota podía decidir entre la vida y la muerte, desarrollaron un código moral que convertía el cuidado en ley. Ese principio de reciprocidad —no tomes más de lo que puedes reponer, no cierres el pozo después de beber— es una de las primeras formas de gobernanza del agua registradas en la historia.

El valor público del agua se hace más evidente en la experiencia del desierto. Cada civilización que lo ha vivido ha descubierto que la supervivencia depende de un equilibrio invisible entre consumo, respeto y cooperación. Cuando uno de esos tres elementos se rompe, la sed, la violencia y la destrucción avanzan.

La historia de la caravana y el pozo compartido pertenece a la tradición oral beduina del norte de Arabia, recogida en distintas versiones por viajeros y antropólogos como Wilfred Thesiger y Clinton Bailey. Es un relato antiguo sobre la hospitalidad y el deber de compartir el agua en el desierto. En esa historia, la caravana más rica se perdió entre las dunas; la que sobrevivió fue la más pobre, la que compartió. El desierto no castiga la riqueza: castiga la soberbia. Y esa es la lección que aún olvidan quienes creen que el agua les pertenece: el desierto siempre termina del lado de quienes se quedan y comparten.

El autor es Doctor en Política Pública. Profesor-Investigador en El Colegio de Sonora. Integrante de la Mesa de Agua de HCV.

Hermosillo ¿Cómo Vamos? es una organización democrática e incluyente, la opinión del autor(a) en esta colaboración no representa necesariamente la postura, ideología, pensamiento o valores de la organización desde donde promovemos el derecho a la libre expresión, la construcción de opiniones y la formación de pensamiento crítico. Estamos abiertos al diálogo, la deliberación y la construcción de propuestas para la atención a los desafíos locales con el propósito de que Hermosillo sea un mejor lugar para vivir.