Ética de la Inteligencia Artificial: el riesgo del que menos hablamos

Por: Claudia V. Acedo Ruiz
“La inteligencia artificial esta transformando la forma en que trabajamos, aprendemos y tomamos decisiones, pero resulta difícil hablar de una inteligencia artificial ética cuando las propias sociedades enfrentan desafíos relacionados con la pérdida de referentes éticos”.
Cuando pensamos en los riesgos de la inteligencia artificial (IA), suelen venir a nuestra mente escenarios relacionados con los sesgos y la discriminación algorítmica, la seguridad de la información y violación de la privacidad, la automatización y el posible desplazamiento laboral. También aparecen preocupaciones sobre el impacto ambiental; AlgorithmWatch[1] en Europa, y Erin Brockovich[2] en Estados Unidos han iniciado una cruzada para llamar la atención hacia el elevado consumo de agua y energía de los centros de datos requeridos para el funcionamiento de la IA. Y en paralelo con estas preocupaciones de derechos humanos e impacto ambiental surgen también preocupaciones relacionadas a la posibilidad de una futura superinteligencia fuera del control humano, una idea influenciada tanto por la ciencia ficción, con aquellas películas de tipo Terminator, como por el acelerado avance tecnológico que estamos viviendo.
Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre un aspecto que en realidad determina todos los demás: la ética y la responsabilidad que implica el desarrollo y uso de la inteligencia artificial (IA)
Desde una perspectiva de antropología social, la discusión sobre la ética de la IA no debería comenzar en los algoritmos, sino en las personas. La capacidad de comunicar y transmitir el conocimiento entre generaciones es una característica que nos ha permitido como humanidad diferenciarnos de otras especies, no es únicamente la inteligencia, sino nuestra capacidad de construir aprendizaje colectivo. La evolución social ha sido posible porque cada generación ha heredado experiencias, valores y conocimientos acumulados por las anteriores, permitiendo el desarrollo de sociedades cada vez más sofisticadas.
La inteligencia artificial es una extensión de esta capacidad humana. Los sistemas de IA aprenden a partir de enormes cantidades de información generada por millones de personas. No poseen conciencia moral ni criterio propio: reflejan los datos, los objetivos y las decisiones que las personas vamos incorporando en estos. Por ello, resulta difícil hablar de una inteligencia artificial ética cuando las propias sociedades enfrentan desafíos relacionados con la pérdida de referentes éticos, la polarización, la desinformación o la erosión de la confianza en todos los niveles.
La generación y uso de información de manera ética no puede ser delegado a una herramienta. Los algoritmos pueden procesar información, identificar patrones y generar recomendaciones, pero, aunque cada vez es mas sorprendente la capacidad de las herramientas de inteligencia artificial, no lograran la capacidad de discernir entre lo correcto y lo incorrecto en términos morales. La responsabilidad sigue recayendo en quienes diseñan, desarrollan, implementan y utilizan estas tecnologías.
En este contexto, las empresas desempeñan un papel fundamental. En las empresas es donde se está impulsando en mayor manera la incorporación de inteligencia artificial en procesos de contratación, atención al cliente, análisis financiero, logística, salud y educación, entre muchos otros. La verdadera pregunta no es si la IA puede actuar éticamente, sino si las organizaciones poseen principios de gobernanza suficientemente sólidos para garantizar que su utilización genere beneficios y no daños para las personas y la sociedad.
La historia demuestra que cada avance tecnológico ha transformado nuestras capacidades. La calculadora redujo la necesidad de realizar operaciones manuales, pero permitió concentrar esfuerzos en problemas más complejos. Internet cambió la forma de acceder a la información, pero incrementó el valor del pensamiento crítico. La inteligencia artificial sigue la misma lógica: simplificar el acceso a información y automatiza ciertas tareas, pero aumenta la importancia de habilidades exclusivamente humanas como el razonamiento, la creatividad, el juicio y la comunicación.
La inteligencia artificial nos pone a prueba. La pertinencia y funcionalidad de los resultados obtenidos mediante IA depende, en gran medida, de la capacidad de las personas para pensar, formular preguntas adecuadas, estructurar ideas de manera lógica y contar con conocimiento suficiente para interpretar y validar las respuestas. Cuando estas capacidades se fortalecen, la IA se convierte en un poderoso aliado. Cuando se debilitan, existe el riesgo de sustituir el pensamiento por la dependencia tecnológica.
Por ello, el principal desafío de la inteligencia artificial no es tecnológico sino humano. Su futuro no dependerá únicamente de la sofisticación de los algoritmos, sino de la calidad de los valores que guíen su desarrollo y uso. Es en las familias, las escuelas, las universidades, las empresas y las instituciones donde las personas aprenden qué significa actuar con responsabilidad frente a los demás.
La pregunta clave no es si estas soluciones tecnológicas podrán llegar a comportarse éticamente, sino si los seres humanos seremos capaces de preservar la reflexión crítica, el juicio moral y el sentido del bien común en una era de creciente automatización. La ética de la inteligencia artificial es un debate sobre quiénes somos como sociedad y que sociedad elegimos construir.
La autora es Titular comisión de desarrollo humano y sostenibilidad Coparmex Sonora Norte. Integrante de la Red HCV.
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