Enero: ¿motivación o autoexigencia?

Por: Briyitte Alejandra Espinoza del Real
El fin e inicio de año no es una simple transición temporal; es un momento de mucha presión y sobre carga emocional. Desde la práctica clínica se puede constatar que durante estas fechas hay un aumento en síntomas de ansiedad y depresión. Aunque socialmente se promueve como una etapa de esperanza y renovación, también da cabida a una mezcla intensa de emociones como la nostalgia, la tristeza y el cansancio que se generan por la presión, la comparación y el malestar emocional.
El cierre de año supone la exposición a un proceso evaluativo que sucede casi en automático. Al finalizar el año nos preguntamos qué logramos, qué perdimos, qué nos salió bien y qué mal, cuestionamos nuestros vínculos, las decisiones y todas aquellas cosas que quedaron pendientes, generando en muchas ocasiones una sensación de vacío y autocrítica que suele realizarse bajo sesgos cognitivos claros como el pensamiento todo o nada, generalizaciones excesivas y comparaciones constantes con estándares externos que se intensifican con las tendencias en redes sociales debido a que no se suele evaluar el proceso y todo lo que lo atraviesa sino únicamente el resultado final. En estados de cansancio crónico o estrés sostenido, este ejercicio puede intensificar sentimientos de fracaso o insuficiencia.
Vivimos en un contexto donde este fenómeno se ve atravesado por varios factores. Muchas personas enfrentan jornadas laborales extensas, empleos inestables, calor extremo gran parte del año y, en los últimos tiempos, un contexto de incertidumbre económica y social que impacta directamente en la salud mental que dificulta el logro de objetivos en una cultura de alta exigencia personal.
Para algunas personas, el fin de año acentúa duelos no resueltos como la ausencia de alguien que ya no está, una relación que termino, un proyecto que no se logró o una versión de uno mismo que se siente perdida. Es común, sobre todo en espacios de terapia, escuchar comentarios como “siento que perdí el tiempo”, “no avance como debía”, “no logre nada este año”, lo que representa una invalidación del esfuerzo real. Las celebraciones pueden intensificar esta sensación de insuficiencia, vacío y estrés debido a que no todas las personas encuentran en sus espacios familiares y sociales validación, contención y armonía.
El inicio de año, lejos de aliviar esta carga, suele transformarla. Enero llega acompañado de una narrativa social dominante: iniciar con propósito. Se promueve la idea de que todas las personas deberían comenzar el año con metas claras, motivación elevada y un plan definido trayendo de nueva cuenta una alta exigencia personal. Esto representa un problema para quienes se encuentran atravesando algún episodio ansioso, depresivo, o experimentan un agotamiento emocional debido a que la presión por “estar bien” y “hacer más y mejor” aumenta, sobre todo si su evaluación del año anterior no resulto favorable.
Muchas personas experimentan miedo o estrés por no cumplir expectativas o seguir repitiendo patrones. La presión por tener un propósito claro también se hace presente desde una idea rígida donde se validan solamente metas ambiciosas o proyectos a largo plazo.
Un propósito no va a representar lo mismo para todas las personas y puede cambiar a lo largo de la vida; un propósito no tiene que encajar con la idea social de éxito. Para algunas personas un logro puede ser mejorar su calidad de sueño, recuperarse de una lesión, mejorar su estado emocional, priorizar relaciones sociales o tiempo de descanso, entre otros aspectos que en muchas ocasiones desvalorizamos o damos por hecho.
Es valido incluso no plantearse propósitos claros. Aprender a reconocer el proceso que estamos atravesando puede impulsarnos a mantener un enfoque definido más allá de la exigencia, teniendo en cuenta nuestro estado emocional.
Los cambios no suceden de un día para otro y no están ligados al calendario sino al esfuerzo diario; reconocer esto nos invita a reflexionar de una manera más compasiva sobre nuestros hábitos, vínculos, decisiones y espacios; permitiéndonos hacer ajustes progresivos y flexibles, reduciendo la frustración temprana y el abandono de intentos de cambio.
El inicio de año puede representar una oportunidad para observarnos más que exigirnos; y reconocer que un cambio en el calendario no define ni reinicia procesos.
Es válido plantearse grandes metas cuando estás representan una motivación y no una presión; es válido planificar de manera constante los propósitos y los cambios que esperamos lograr cuando esto no genera ansiedad o estrés.
Es válido cuestionarse ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo con mi vida?, y confrontarnos a nosotros mismos si esto no va a representar un desencadenante emocional. Estas preguntas, cuando se abordan en un espacio de contención y apoyo profesional pueden representar un impulso positivo y reduciendo la desmotivación y la autoexigencia.
Es importante reconocer que sentirse cansado, confundido o sin propósito al cerrar o iniciar el año no es un fracaso personal, sino una respuesta humana valida y situacional.
El cambio ocurre cuando hay conciencia y nos permitimos ir a nuestro propio ritmo, lo importante es disfrutar nuestro proceso y validar los pequeños logros, reconociendo que lo valioso ocurre en la cotidianidad y en el presente.
La autora es Psicóloga de la salud, colaboradora de organizaciones sociales y facilitadora de talleres. Integrante de la Red HCV
Hermosillo ¿Cómo Vamos? es una organización democrática e incluyente, la opinión del autor(a) en esta colaboración no representa necesariamente la postura, ideología, pensamiento o valores de la organización desde donde promovemos el derecho a la libre expresión, la construcción de opiniones y la formación de pensamiento crítico. Estamos abiertos al diálogo, la deliberación y la construcción de propuestas para la atención a los desafíos locales con el propósito de que Hermosillo sea un mejor lugar para vivir.

Previous Post
Next Post